jueves, 19 de marzo de 2015

En el día del padre, y del espíritu santo

Yo no sé lo que es tener un padre de 60 años. Pero sí he sido afortunada y he sufrido junto a él cuando cumplió los 33. Una gitana le dijo que moriría joven y su tormento era mi angustia infantil: a los 33 murió Jesucristo, ¿seré yo igual que él? glups!! Cuántas noches rezando para que no se muriera. Es probable que mis lágrimas le sostuvieran alegre y feliz hasta los 52, gracias a no sé qué circuito invisible por el cual los hijos redimimos a nuestros padres y madres. Fue un hombre muy querido por todos, tanto que cuando llegamos al cementerio pensé que había una inoportuna y extraña manifestación en la puerta, tanto que hubo que pedir un coche extra para que le pudieran llevar todas las flores, tanto que mi abuela, su madre, Doña Max, decidió ir tras él. Su eternidad perdura por encima y por delante de los 15 años que llevamos de su ausencia.

Tenía carisma mi viejo, aunque se fue joven. Tenía un don especial, transformaba la tristeza en una broma surrealista y disparatada, nos hacía reír siempre. Dominaba el arte fronterizo de cruzar la ficción y la realidad como nadie: solo comíamos colifor rebozada, (puajj) porque nos aseguraba a mi hermano y a mí, que era tiburón, y claro, si aquello era tiburón cómo no íbamos a probarlo. Las patatas a lo pobre eran patatas al pelotón, (y nos teníamos que poner los tres muy juntitos detrás de mi madre, en pelotón, para suplicar que nos diera un adelanto de patatas al pelotón antes de que llegaran a la mesa), y las alcachofas a la plancha eran alcachofas plunch, (solo si eran plunch me las comía, ¿de verdad que son plunch? Sí, claro, son las auténticas plunch). Jajaja. Tardé muchos años en darme cuenta de que en Robledo de Chavela los cazamoscas gigantes, no eran cazamoscas como nos decía mi padre cuando íbamos a ver al tío Costa, a su chalet de Valdemorillo, sino antenas de la NASA que se comunican con el espacio. Aún así, a mí me sigue gustando llamarlos cazamoscas.


Con el tiempo acepto que la materia no es del todo tan importante, porque sé que tengo y no tengo un padre de 68 años, ó de 52 constantes, tan cierto como que todos los días desayuno avena para dar fuerza a la mañana. Debo confesar que estas dos certezas me hacen ser resilente y feliz.

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