lunes, 23 de abril de 2012

Feliz día del libro, libro


Me han parido.
Ha costadomuuuucho.
Soy de papel, mi madre lo ha peleado así.

Insistían en que fuese in vitro, virtual, pero mi madre ha abierto cajones, llamado a puertas, enviado mails…Ha sido un parto asistido.

Lo más maravilloso fue el período de gestación. Cuando ella iba hilvanando mis estrofas, retiraba los puntos, tejía comas, me limpiaba los interrogantes. Me ha cuidado tanto durante estos años. Yo siempre iba fotocopiado en su bolso, encuadernadito, he escuchado como hablaba de mí y con qué cuidadito me presentaba, tocaba cada una de mis páginas, se detenía en cada grabado. Me imaginaba en papel cosido, bueno, perforaciones las justas, con un buen lomo, con aroma y futuro se decía al acostarse una noche más. Me ha dado tantos besitos, que merecía nacer, por mí y por mi madre.

En las tardes lluviosas me hablaba de la diferencia entre el valor y el precio, a veces me hacía un lío, pero ella insistía en lo valioso que era, aunque me pasara de precio, que si costara menos ya estaría en librerías, pero que ella me quería pleno, sin escatimar en tintas, con un papel tocable, decía. Aunque la rugosidad le generaba dudas. ¿Qué era mejor tener el pelo liso o rizado? Porque claro, las imágenes necesitaban precisión en el trazo, nitidez, pero mi historia era para que se pudiera comer, para que lectores y lectoras quedaran atrapados sensorialmente, y los brillos, según mi madre, no eran del todo adecuados para los sentidos, bueno sí, visualmente.  Y  a ella lo que más le gusta es tocar,  oler, escuchar el paso de las hojas junto con el devenir de mi historia.

Sería… ella no sabía muy bien cómo sería, pero me imaginaba, me leía en voz alta (para superar el paso del tiempo me decía). Si supera la prueba del oído pasará a la posteridad. Yo le decía que me conformaba con ser, con estar aquí y ahora, que quería cobrar materia, echar raíces en muchas estanterías, pero no de las tiendas, no, de esas no. Yo quería estar en mesillas, en el aparador de la entrada, en el bolso incansable de la chica del tercero que no paraba de coger el metro de un lado a otro porque se pasaba siempre de estación al ir leyendo. En el fondo, al igual que mi madre, admito que soy un viajero, me gusta eso de ir y venir, subir y bajar ascensores, claro que cuando me abren y se pasan de parada, eso es la felicidad absoluta. Capturar el tiempo, engañar a la distancia, reconstruir mis páginas y dar valor a mi historia, porque yo sí que tengo algo que contar, no como otros, que son papel y nada dicen.


Mi madre y yo necesitamos re-encontrarnos con mi padre, para que todo se coloque en su justo lugar, y todos podamos seguir creciendo.


Yo sí creo en el encuentro, y mi madre también. Seguimos esperando con los brazos abiertos. Todos decidimos y construimos el presente que queremos vivir.







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