sábado, 11 de junio de 2011

Sin blanca y con sepia muerta

Encontrado en mi blog por casualidad

Sin blanca y con sepia muerta

11 junio 2011


Vivo en una nube de tormenta y algo anda muerto en la cocina. No lo localizo. ¿Será que habita un pájaro perdido detrás de la nevera? No veo ninguna pluma. Limpio y relimpio los cubos de basura: orgánica, envases, vidrio... escurro la bayeta, la observo: amarilla, nada. Barro, friego con empeño el suelo, nada. Esta tortura de olor me baja de mi nube y me saca de mis excels en blanco y rojo. Arrastrada por la nariz vacío la cocina cotidiana de pelusas inconcretas e inodoras. Sin embargo, el hedor persiste.

Para colmo de males, será por tanto barrer, o por cerrar descuidada las bolsas de plástico de la inmundicia por categorías, el caso es que una maldita mosca o mosquito, más bien mosquito, me ha picado en el labio o morro superior, lateral izquierdo. Con todo, mi olfato sigue trabajando al 100% , aquí, en mi cocina, sigue oliendo a pescado muerto. Sube una nube de amoníaco hacia lo más profundo de mi cerebro infinito, a través de mis fosas nasales irremediablemente abiertas al mundo, inhalo un cloroformo con olor a cieno marino, me obnubilo, oscilo sobre mi propio eje, me revelo frente a mi propia desorientación y falta de equilibrio. No, no quiero morir por la nariz.


Repaso de nuevo, y detecto que el olor no procede del suelo... es como si llegara de una capa intermedia. Nunca sospeché que el mal olor pudiera flotar sobre la nada. No hay continente que contenga este estado de putrefacción, siento el olor a mar muerto en mis pestañas, y sin embargo, no reconozco las olas o sus algas viscosas y aromáticas. Nada. Sigo angustiada porque no puedo pagar las facturas del mes que viene, y sin embargo, el presente, el mosquito, mi labio hinchado de color violeta, y este desquiciante tufo a calamar feo, me irritan mucho más.


Luego me pregunto si será el olor visionario de mi propia muerte y decido irme con un portazo, borrar la casa que nunca más podré pagar y que me echa porque a ciencia cierta, no era la casa adecuada. Me soplan que en la calle se están concentrando en el Congreso, por fin, un sitio donde gritar y oler a urbe sin olor a mar post-Tsunami.


A mi vuelta arrastrada por la efervescencia colectiva, recupero el buen humor, el optimismo personal, decido que mañana sacaré el carro después de dos semanas de no hacer la compra, sacarlo para reponer los alimentos básicos. Abro bien las puertas de la despensa, agarro el deseo de consumo por los cuernos, -digo por el mango del carro-, tiemblo, me convulsiono, algo pasa. Recupero el pulso después de unos minutos, concluyo, los efluvios de la capa intermedia del aire, tienen un foco. Mi nariz me vaticina el camino hacia la muerte concreta. En el fondo del carro, del que siempre vamos tirando, aunque ya no tiremos la casa por la ventana, ni tampoco tiremos millas, porque la gasolina está por la nubes, en ese fondo oscuro, cubierto por los gurruños de las bolsas de plástico que ya cuestan varios céntimos, yacen calladitas, hediondas, dos sepias sin cabeza, plastificadas, abandonadas al sustrato profundo del final del carro, yacentes sobre una superficie de dos ruedas. El vapor del amoníaco ya no sé si me anestesia o me noquea, procedo a un entierro urgente, sin flores, e insisto con los inciensos. Si pudiera hacer lo mismo con la clase política me digo. Bajo las escaleras de dos en dos, me libero.

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