domingo, 26 de junio de 2011

Pasos

Me encanta reconocer los pasos agitados de mi madre, sus tacones medios sobre las baldosas frías del ambulatorio. Mi hermano y yo sonreímos; es ella. Respiramos con alivio ya que enseguida nos va a tocar entrar para que nos vea el médico. Llevábamos minutos conteniendo el aire para que no saliera ningún paciente más por la puerta de la sala 4, la nuestra. Clin, clon, clon, clon, clin, clon, clon, clon. No hay duda, ella siempre sabe cómo rescatarnos en el momento justo. Sí, mamá, ya nos va a tocar. Ahora pasa esta señora y luego nosotros. ufffffffff, es una genia!


Oigo como llegan con fuerza los tacones de plataforma sobre los escalones empinados: pum, pum, pum. Pum, pum, pum. No respira. Toda la subida es un impulso, de repente en el rellano del tercero, escucho un bufido, un resuello, son unos breves instantes de pausa, y enseguida, vuelve la marea salvaje, llega: pum, pum, pum. Pum, pum, pum. Ruido de llaves, abro la puerta. Mi compa de piso que entra directa al baño, ha perdido un avión.


Son irregulares, a veces flaquean las pisadas de puntillas y se doblan los tobillos. Balbuceos flamencos, aprendiz de mujer fatal: clin, clin, clon, clon, clin, clon, zzzrrrrr, clon, clon. Son grandes, los talones no llegan a la almohadilla trasera. Son unos zapatos altos, que se arrastran desde la profundidad oscura de debajo de la cama hasta la manita chiquita de la niña que con cautela aprovecha el silencio de la siesta de la madre que dormita en la terraza. Son así, tropiezos con collares largos, las pulseras suenan unas con otras al subir y bajar del brazo que se observa en el espejo del baño. Horror, una silla de metal se zarandea y se perciben a unas chanclas que caminan directas hacia esa misma dirección. La puerta se abre.



Diametralmente matemáticos se suceden con una sincronía pausada y contudente. La suela de cuero desgastado cruje en cada pisada y gira al octavo avance. Un tiempo de espera y de nuevo el compás cuatro por cuatro se repite. Son zapatos con cordones y se adivinan de color marrón bajo esos pantalones planchados verticalmente. Es justamente, al tercer paso después de la vuelta, cuando los estudiantes del fondo de la clase sacan sus chuletas, sabiendo que les quedan cuatro pasos sin arriesgar el tipo. Cuatro pasos de infarto mientras encuentran la fórmula trigonométrica, el coseno y la tangente de 90 grados, el cqd de la raíz cuadrada de menos 1, el final de aquella mítica ecuación de segundo grado que siempre caía en la clase de al lado. 8 pasos y un giro, que eran ciertamente, siete zancadas y media antes de dar media vuelta. Y mientras, la chuleta se iba haciendo y deshaciendo, vuelta y vuelta.



Pasos en la noche de silencio cuando no esperamos a nadie y la casa está recogida. ¿O tal vez no está del todo recogida? No se oye bajar la puerta del garaje, no se abre la verja de la puerta principal. Sin embargo, parece haberse oído algún golpe o tropiezo cercano a la puerta de la cocina. El perro levanta su oreja izquierda para comprobar si ese descuido va acompañado de otro paso, una sucesión de ruidos que indican que la presencia de un ser está ahí fuera. Un chasquido de las paredes de la casa, que sigue cediendo con el calor, provoca una subida súbita de la adrenalina humana y canina. Un golpe en la ventana de la buhardilla dispara, ahora ya sí sin freno, ni medida, todos los ladridos. El teléfono comunica, las luces se encienden, la alarma se activa. En definitva, se comprueba que la casa no estaba del todo recogida.


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