domingo, 12 de diciembre de 2010

Leyendas urbanas

Alguien me dijo que iban a empezar a desmantelar todas las cabinas urbanas por obsoletas, me consta que la compañía telefónica ha intentado mantenerlas como mobiliario urbano y fuente de ingresos, pero la falta de monetario es el martirio de todo gestor idealista. Ahora no sé si realmente hay cabinas o no en nuestras aceras, prestaré más atención en mis salidas nocturnas. ¿Qué será de Londres sin sus red boxes?

Haciendo repaso del tiempo y de mi blog, en la época de las uvas y las serpentinas, quiero rescatar una entrada que empieza a ser ya histórica de mi urbangarten, en el sentido de que probablemente este año y el que viene la escribiría diferente, con ustedes: en el fondo del mar, la ciudad.


En el fondo del mar de la ciudad están brillantes y sin embargo, pasan inadvertidos. Los transeúntes no los echan de menos, éstos oscilan con sus piernitas
veloces y miran las agujas del reloj.
Es probable que los niños no reparen en ellos, ni entiendan su utilidad. Podría ser ... ¿un cubo exclusivo para envases laminados de jamón?

Tropiezo con una cabina y desprecio su incursión en la acera. ¿Qué utilidad tienen con tanto móvil urbano? Miro mis pies y vuelvo a darme cuenta de que me he olvidado, ¿cómo era el fondo del mar de mi ciudad? ¿Qué recuerdo de aquellas esponjas amarillas que tragaban deseos, facturas y contratos de la luz? Mi cabeza intenta reorientarse, ¿dónde estaban? ¿Alguna vez los vi?

Con el sobre en la mano paseo sin rumbo, me encuentro con cientos de cubiletes
amarillos. Me digo: son meros contenedores de envases ¿Dónde estarán los buzones de correos con su nariz amarilla dispuesta a absorber todo papel que se acerque?

Recupero fotografías de mi pasado. Sí, aquí en España son amarillos, en Inglaterra rojos y en Holanda parecen volar, los niños no alcanzan solos a la ranura, están sujetos por unos postes y en lo alto, reciben los sobres cerrados.

Retrocedo sobre mis pasos, miro la carta, decido meterla en la mochila. En realidad no los reconozco entre tanto cubo para envases, ¿se los habrá llevado la marea? Camino confiada de vuelta a casa. Mañana me fijaré mejor y acertaré a encontrar un buzón de correos en el fondo del mar de la ciudad. Seguro que es cuestión de observación.

2 comentarios:

  1. Un buen día, después de vivir seis años en el mismo barrio barcelonés, reparé en el hecho de que durante toooodo ese tiempo, cada vez que iba a Correos a enviar alguna carta, paso por delante de uno o dos buzones de correos, dependiendo de la ruta que escoja. Es muy triste.

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  2. La rutina, la cotidianidad...diluye el paisaje urbano hasta hacerlo difuso. Cuántas veces nos paramos porque sabemos que algo ha cambiado y nos cuesta darnos cuenta de qué es lo que falta, o ha cambiado de lugar, o de aspecto.

    Lo triste querida Nel, no es que no nos demos cuenta de que falta un buzón de correos, o una cabina en el fondo de la ciudad... Lo triste es que lo mismo ocurre con otros aspectos importantes del fondo de la vida. No nos damos cuenta de que están, hasta que desaparecen.

    Besos y abrazos de algodón.

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