Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como relato ilustrado

Después de Hopper

Imagen
Imagen Vera Moreno Despertar con la libertad de la luz que abre el día y entra en una habitación desvencijada, entreabierta. Observar y nombrar el interior: el cuerpo, la casa. Reconocer la quietud sobre una cama amplia, limpia. El balbuceo inaudible de un espacio, del silencio que se siente observado y se aferra a las paredes que un día fueron blancas y ahora la ceniza del tiempo dejó sus marcas. No. No estamos en América, esto es otra cosa. Detectar el rumor de los bordes de la ventana, del rincón cuadrado del techo, y la esquina cuadrada de la otra punta, que divide en dos planos la pared y la cúpula del cielo. Enumerar: bombilla desnuda, sombra del marco que estuvo, ventana sin cortina, mancha, hollín atrapado en la pared. Muebles que fueron caros, desportillados. No están todos. Ruido del agua de una bañera que corre, no cesa, no deja dormir. El vecino imaginado que introduce, una y otra vez, su pie entre el agua caliente y la espuma. Devolució...

Anidar en sofás ajenos

No quieres que lleguen. Rezas a tu manera para que esta casa se adhiera a tu cuerpo pequeño, para que esta madera que ahora barres te pertenezca: una hora más, un día más. Serías más feliz si vinieran mañana o mejor, la semana que viene. Sabes que vuelven, aunque no consigues encontrar la ecuación científica que determine en qué minuto interrumpirán tu canto. ¿Cuál será el movimiento de tus manos cuando lleguen de nuevo con sus maletas? ¿En qué escalón estará tu pie derecho? ¿Qué nota se detendrá por tu garganta cuando los oigas? Entrarán ruidosos por el umbral de la puerta entreabierta, usurparán el territorio, ese lugar que piensan es su casa y que sin embargo, se convierte ahora, en la claridad del día, en tu propia iglesia.  Santuario laico, de paz y armonía. Espacio y tiempo se funden en tu propia madeja. Son hilo y ovillo, almohada y pista de baile para tu lastimado ser. Con detenimiento observas las telarañas vencidas por el sol y los días. Las arañas deb...

Las cenizas de Max, mi abuela

Imagen
Por las noches mirábamos el fuego, mi abuela y yo. Nos fascinaba la danza de las llamas. Para mí el mayor regalo era bucear en la chimenea oscura, y alcanzar el brillo de las estrellas en lo alto, que sin duda, me miraban a mí, dispuestas a proteger nuestros sueños para el futuro. Mi abuela no me dejaba acercarme tanto al fuego como yo quisiera, obstinada en alcanzar la complicidad con las estrellas. Así que después de horas de dar la espalda a la televisión y seguir el vals de los sarmientos crepitantes, pesarosa me iba a dormir, no sin que antes me hiciera una trenza y jugásemos al calor entre las mantas, junto con mi hermano; todos en la misma cama grande de sábanas húmedas bajo una noche estrellada, sin nubes y con los silbidos del viento que azotaban a las persianas. A la mañana siguiente, limpiábamos juntos la chimenea y echábamos las cenizas en un cubo de zinc, entre mi hermano y yo sacábamos el cubo al porche para que mientras desayunábamos se fueran enfriando las ascuas de...