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Esta tarde contiene arde

Me da tanto miedo el fuego. Me quemé con agua hirviendo, pero veo fuego y la huida no se detiene. No se detiene. Me da tanto miedo. Clarice Lispector se durmió con un cigarrillo y su fuego abrazó su cuerpo, no salgo de esa imagen. Recuerdo haber visto el daño fuego de cerca. Recurro a la anestesia mental necesaria para recordar la cara y el pecho quemado de Lola la pintora, que con un disolvente se abrasó en su taller, sin querer . Se dio tanta crema después, cada hora su piel desierta, cubierta de escamas, reclamaba agua. Me da tanto miedo el fuego. Unos niños saltaron por una ventana, su madre los tiró para huir de la lumbre desbocada. Esta letanía de fuegos no acaba. Nos da tanto pánico el fuego. Una enfermera deja salir unas gotitas de la jeringuilla, da unos golpecitos al tubo y nos manda soplar a mi hermano y a mí. Si soplas, no te dolerá . Soplo las velas de mis tres años y no se apagan, un impulso de rebelión y desdicha me llevan a un nuevo in...

Tarde contiene arde

Llegar tarde es rojo oscuro. Un granate que pesa. Las horquillas de mi pelo quedan sueltas. Será que no fuera tan tarde aquella tarde. Tu mirada se confunde con el fondo de una cloaca, será que arde nuestra última tarde. Llegar tarde es rojo oscuro. Un granate que pesa. Variación I. Tomo secreto. Port.

20 sandías de ira

Camino en dirección contraria en busca de un impulso, una luz. Ajusto la mirada al frente, balanceo los amores como mártires y lanzo. Sandías de fuego se despepitan por la pista, ruedan intensas, arrolladoras. Y si temblaran en su palidez descarada... Que se mueran uno a uno. Todos juntos. 20 sandías de ira: lanzo escupitajos de pasado pasado. Ábrase el volcán, destruya la lava, las mentiras, éste es el castigo. Bolos alineados, tan blancos, tan espigados. Testigos de una mujer encinta, acusada frente al pueblo. Piedras que alcanzan la fragilidad de las almas. Historias de los cuerpos que se maltratan. El dragón se agita, Pandora levita y en el fondo, una víctima masculina será devorada. Esta pulsión ancestral invoca mis demonios y desuella mi piel de ángel y alas de gasa. Caen sobre la pista en pleno, rabos de lagartija, noches sin frenos, todos locos. Crepita la hoguera de destrucción masiva, San Juan brama entre maderas y llamas. 20 sandías de ira. Fuego, solo vien...

Levedad

Tiendo mis nubes urbanas al Sol, la paz en mis manos. Como manzanas verdes de árbol. Ondean tules y linos colina abajo, al fondo, en el valle, la casa. Vuelan las cortinas blancas por las ventanas. Crestas de lumbre corren por las laderas de la tarde. Festival de colores y vientos suaves me calman en esta aldea de una sola casa, que se lo lleven todo, las brisas. Silencio de aves, ausencia de transportes. Caprichos de aire, aires caprichosos de ojos verdes imposibles. Fuegos fatuos precipitan otra tormenta. Arden los silencios, vendavales y portazos. Que se lo lleven todo los vientos de Santa Bárbara . Huyo a la urbe y me confundo entre asfaltos y escaleras metálicas: Cuzco, Cuatro Caminos, Moncloa y al final, el parque del Oeste. El silencio, la quietud prolongada, esa insoportable levedad del ser. Esas ganas de estallar el mundo: parque, arena, huerta murciana, torres urbanas. Muerdo manzanas. Arde el Sol sobre las aguas del Templo de Debod.