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Anidar en sofás ajenos

No quieres que lleguen. Rezas a tu manera para que esta casa se adhiera a tu cuerpo pequeño, para que esta madera que ahora barres te pertenezca: una hora más, un día más. Serías más feliz si vinieran mañana o mejor, la semana que viene. Sabes que vuelven, aunque no consigues encontrar la ecuación científica que determine en qué minuto interrumpirán tu canto. ¿Cuál será el movimiento de tus manos cuando lleguen de nuevo con sus maletas? ¿En qué escalón estará tu pie derecho? ¿Qué nota se detendrá por tu garganta cuando los oigas? Entrarán ruidosos por el umbral de la puerta entreabierta, usurparán el territorio, ese lugar que piensan es su casa y que sin embargo, se convierte ahora, en la claridad del día, en tu propia iglesia.  Santuario laico, de paz y armonía. Espacio y tiempo se funden en tu propia madeja. Son hilo y ovillo, almohada y pista de baile para tu lastimado ser. Con detenimiento observas las telarañas vencidas por el sol y los días. Las arañas deb...

Arriba en el árbol

Vivía en la corteza de un árbol, todo iba bien hasta que llegó el otoño-invierno. Cada mañana sacaba primero una pierna y luego la otra, las dejaba colgar desde el agujero hacia el exterior, como había hecho en verano, y lo que meses atrás era un juego, se convertía con el paso de los días en un auténtico calvario. Las botas de agua no permitían sacar tan airosamente las piernas como las sandalias o los pies descalzos. Además, los calcetines de lana se quedaban tiesos, acartonados, no llegaban a cubrir las rodillas, rozando las corvas una y otra vez. Sin embargo, la chica era testarruda , y se negaba a invernar como un vegetal. Podría vivir en la corteza de un árbol, sí, pero se negaba a dormitar todo el invierno hasta que volviera el buen tiempo. Así que no le quedó más remedio que empezar a hacer ejercicios de respiración como calentamiento antes de sacar sus lindas y congeladas piernas del hueco redondo y áspero del árbol, que estóicamente la acogía durante las noches...

Esquivando refranes

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Me despojo en pepitoria del para qué, me libero de la cocinera de rutinas que fui. Desabrochar el mañana y quedarnos con el hoy. Recluir en un cuarto oscuro al sofá, que contiene bajo sus cojines a la soledad de la trasvesti que vuelve al hogar sin pareja, para darse cuenta de que no hay hogar, tan sólo un sofá vacío, sucio. Estirar de las orejas al no quiero, al no me apetece. Vencer a los fantasmas de día y superar el miedo a decir la verdad, aunque no convenga. Subo la cremallera del está siendo ahora. Entorpecer las cuentas a los bancos. Dar de almorzar al hoy me dirijo y llego, regar la semilla del hoy me afirmo y empodero para guardarla en los bolsillos, y compartirla después. Peinar las pancartas para que se luzcan afuera con el sol de los domingos y de los lunes de mañana. Frotar los miedos y tirarlos, junto con el aceite usado, a las urnas de la falsa democracia. Planchar los pantalones de hoy todo tiene su utilidad, su razón de estar siendo. De...

La piscina vacía

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LOS TRESCIENTOS ESCALONES [...] No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo. [...] Papá, perdimos tantas cosas además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos. Ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos, que tal vez me dijiste entonces que había que subirlos y bajarlos y para eso los pintaste y para eso pasaste días enteros pintando una escalera interminable, una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles, llena de luz y amor, una escalera para mí, una escalera para que pudiera subir, vivir, y una escalera para que pudiera bajar, callar, y sentarme a tu lado como entonces. Paca Aguirre, poeta republicana. (Nacida en Alicante en 1930) www.minakotasaki.com artista visual japonesa Nosotros no pintamos 300 escalones, tan sólo dos, los pintamos de blanco, primero tú, y años después, yo. Esos escalones de la piscina más que acercarnos al agua nos llevab...

La botella y el diván

Me comunicaron que el siguiente paciente ya estaba en la sala, le dije al recepcionista que le pasara mientras yo iba al baño. Cuando llegué estaba ella sola sobre el diván, tenía un aspecto verde oscuro que me hizo frotarme los ojos, consulté con mi agenda y no conseguía leer bien lo que estaba allí escrito, sólo descifré con claridad Griñón, recordé que es una zona de vinos de la región con cierto prestigio y saqué toda la profesionalidad de la que dispongo y procedí con el cuestionario de rutina por ver si conseguía dar sentido a mi dolor de cabeza. Y dígame, ¿cuál es la razón por la que ha venido a consulta? -no sin antes olisquear por detrás de las cortinas por si alguien me estaba gastando una broma pesada-. No había rastro de cámaras ocultas ni grabadoras, tampoco vi a nadie, solo estaba ella, verde oscuro, con una etiqueta que decía Griñón, reserva de 2007. ¿Sería algún regalo de alguna paciente agradecida? -me preguntaba. - Ya no soy importante, - es...

Semillas y enzimas

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Fotografía de Minako Tasaki www.minakotasaki.com He perdido mi cofrecito donde guardo mis semillas y enzimas. Abro una cajita de madera y encuentro unas pequeñas reflexiones que me invitan a pensar: ordeñar una vaca ya no es un oficio es una máquina. Beber leche es un misterio que olvidé cómo procesar. Tal vez, si recuperara las botas de goma, la lechera de metal y volviera al establo, quizá sería capaz de encontrar la lactasa entre los granos de trigo y las miles de plumas de las gallinas, que siempre, inevitablemente, huelen mal. Mis manos son jardineras, y algún día descubriré también la semilla perdida de la paz. Miro los rombos grises de las aceras de mi ciudad y creo que mi infancia fue un sueño: ¿dónde están los gallos de pelea que comían tomates estallados de puros rojos? ¿en qué fuente está el flan de ocho huevos de gallinas de corral? El potaje en puchero, las torrijas de leche, la maicena antes de acostarnos, ¿dónde, dónde están? ¿Existirá un lugar donde se suba ...

La vía muerta despierta

Anoche crucé la línea y me encontré a viejos amigos que se calentaban alrededor de la hoguera, me recibieron con alegría y el pasado se fundió en un mal sueño que apenas ahora recuerdo. Esta vez cruzar fue como la primera llegada, equilibrando mis pasos con los tacones, que ventajas del tiempo ya no me quedaban grandes. Los collares largos de cuentas rojas, regalos de la hospitalidad Bahíana, me animaban a seguir adelante. Me agarraba a ellos como quien se aferra a su talismán más querido, sin embargo, no mostraba ya ni tan siquiera una pizca de mis miedos. Caminaba segura con mis zapatos rojos de tacón ancho por la línea de acero. Iba cruzando los railes de mi vida, recuperando el pulso, la dirección. En el bolso llevaba guardado el rumbo envuelto en papel albal para que no se mojara, para que no se me perdiera, para que sonara en las máquinas infrarrojas de la frontera, sabiendo ya que el rumbo no se quita, como quien se despoja de las botas y el cinturón...

Conversación secreta

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Ilustración Paz Aymerich http://www.paz-aymerich.com/ Las luces de mi pequeña ciudad se apagaron, me pregunté que quién lo hizo, pero sabía que en ese momento importaba poco, sólo me quedaban adoquines destartalados por tentar a punta de zapato como respuesta inmediata a mis preguntas y maldiciones. De pronto sentí la noche cerrada, pese al calor y la ausencia de nubes. La sentí silenciosa, pese al eco de las risas del público urbano que contemplaba, con asombro y gran atención, al mimo de Sol que actúaba a altas horas de la madrugada. Todavía su imagen y la risa resonaban en mi memoria. La algarabía popular de fiesta nocturna improvisada en pleno centro de Madrid desaparecía de mi mente según avanzaba de camino a casa. La calle donde vivo se transformó en una bajada oscura, sin velas. Los tacones, que ya me mataban desde horas antes, inestabilizaban aún más mis pasos, ralenticé mis andares de zancuda inexperta y dejé que mis brazos equilibraran tanta zozobra. Canté ...

The end of Silicon Valley

Un ataque a la brecha digital tuvo lugar la noche en que Gadafi incendió los jardines de la ciudad, las llamaradas sobresalían hasta rozar las sombras más alejadas de los cedros. Sin embargo, la raíz del fuego brotaba de las losas de cemento inscritas en las aceras. Después nada fue igual; todos los cables y toda la fibra óptica de las ciudades se fueron consumiendo, las ascuas de silicio dejaron rescoldos de silencio por todo el planeta. Los bomberos vieron cómo las corrientes de lava urbana siguieron inquebrantables su paso destructor. Ninguna televisión del planeta ofreció imagen alguna. El gobernante escribió todo lo sucedido en un papiro, introdujo con cuidado su testimonio en una botella de Tequila Reposado y lo sumergió en el mar, junto a las manos minerales de coral. Éstos guardarían el silencio y las palabras mediáticas, nadie sabría cómo se desencadenó el fin de los valles de silicio hasta que aquella enigmática botella fuera rescatada entre los bancos de corales. Este ince...

La cajita de madera de Anita Free

Para darse cuenta de lo que realmente está pasando dicen que lo mejor es darse un golpe, yo me acabo de fostiar hace 35 minutos con el pico de la ventana, al levantarme de forma súbita del letto protetor con el fin de hacer un pis nocturno fuera de guión. Yo y mis temperamentos, héle ahí, hemos hincado mi cabeza somnolienta contra el pico de la ventana a medio abrir. Esto es empezar bien el verano... ¿Será que me tengo que dar cuenta de algo importante? Afortunadamente, ya lo tengo todo controlado, pero me estaba acordando de lo que dijiste ayer cuando estábamos en el coche, eso de tener un vecino majete como garantía para vivir más tranquila al estilo single, pero claro, aunque me salga sangue por la cabeza, a estas horas no era plan de despertarle. Por muy majo que sea, son las cinco de la mañana. Todo esto ha sido un poco caótico, tenía alcohol, sí, porque tengo varias botellas de alcohol en el baño, pero no encontraba el resto del botiquín. A la hora d...

El elixir de Le Petit Prince

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En este planeta de baobabs crecidos he podado las ramas superfluas. Ahora sólo hay puentes que nos llevan a la fuente del inconsciente y al río de la verdad griega. Las hojas verdes, botones de hiedra, trepan los sueños. Las raíces de tierra domestican a los cuidadores. Los relojes despliegan lazos. El ritual se llama distancia y reencuentro. En este planeta vive una única rosa con cuatro espinas, ya está mayor, y sonríe cuando tiene visita. Anoche vino a verla un príncipe que se parecía a aquel otro con el que discutía tanto, éste le contó la historia de un zorro que le mostró el valor de cada uno de sus pétalos. Le acarició tiernamente cada una de sus tres espinas y besó la herida de la que faltaba. Mientras la acariciaba le susurró que en su viaje había aprendido que las palabras ensucian y obstruyen los puentes, que lo esencial reside en el intercambio valiente y dorado de los corazones magullados y puros.

Las barrenderas de nieve

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Os veo subir cuando el cielo blanquea azules. Empujando las madres corajes suben por las cuestas de Hortaleza, hace frío y pese a clarear, decido encender la luz de la habitación. Dos horas más tarde salgo a coger el coche y ellas, pala en mano y botas de plástico en los pies, levantan quintales de nieves sucias, lágrimas negras que pesan como hijos sin padre. Os veo acicalar las calles, borrando rastros caninos, presiento cuando volteais los bloques de nieve vuestros músculos escondidos tras la ropa impermeable y fosforescente. Sonrisas apretadas frente al frío, llueve. Ahí est áis, barrenderas de nieves con trajes de hombres refregando la calle para que no temblemos por miedo a caernos, para que no nos deslicemos en aterrizajes doloridos. Montañas de nieve gris resbalan por vuestras palas para aterir las raíces de árboles desnudos de ramas, tan poca tierra queda en esta gran ciudad. Observo cómo caminais de vuelta reteniendo carros, bajando cuestas, desafío a la gravedad y, ...

No había ningún radiador en la casa

Recibió un sobre con las llaves de la casa, acababa de entrar el invierno y había nevado. Decidió prescindir de equipaje e inaugurar su nuevo hogar. Cuando llegó, observó estremecida que no había ningún radiador en la casa. Fue al coche y trajo una manta de viaje. Sobre el colchón frío de la habitación glaciar le pesaba su decisión impulsiva. En su afán por vencer a las bajas temperaturas se puso las manoplas de calcetines y éstos de guantes con el fin de favorecer la circulación de la sangre. No dio resultado. Abandonó la habitación iglú y se fue al salón nevera. Miraba la chimenea vacía, sin troncos, sin fuego. Cual indio arapahoe, decidió ponerse a saltar en círculo en torno a la mesa desnuda; sin flores, sin cena. El movimiento le hacía sentir mejor; empezó a cantar a Wakan Tanka y recordó el baile al sol. Las vibraciones corporales le devolvieron el contacto con la madre Tierra, que aunque nevada, algo de calor transmitía. ¿O tal vez la flama procedía de su propia energía y su des...

El espejo mordido

De tanto mirarme en los escaparates y no encontrarme decidí no volver a ir de compras. Un pequeño e incesante susurro me perseguía: Escapa y rápate, aquí la ropa es menguante. Por las noches peinaba mi pelo abatido y volvía a escuchar aquella voz; me miraba en el espejo del baño y no me reconocía. Anduve por las calles con el paso largo y de frente, debo confesar que evitaba todo tipo de reflejos espantada. Me pedían fotos y enviaba cualquier recortable que adjuntar. Antes de acostarme me echaba crema y al no reconocerme las muecas huía hacia la almohada y me enterraba en el edredón. Una mañana encontré la máscara; el rodillo del polvo compacto, el collar de perlas, la camisa blanca y el polo azul marino. Recogí con guantes de látex todos aquellos artificios; las planchas del pelo, las mascarillas y las cremas de noche. En una gran bolsa de basura, metí todos los contratos con empresas anteriores, descuarticé el dni y me reservé un pasaporte a punto de caducar. Antes de cerrar la puert...

Un lugar para esta historia, la historia de ciertos lugares

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Miró de nuevo todo el jardín de plástico heredado de su madre. Flores rojas, hojas verdes ...todo un sarpullido de polvo e ilusión de vida. Los geranios, claveles, gladiolos y siemprevivas recorrían los pasillos de la casa, las estanterías del baño, la cisterna, el fregadero de la cocina, los poyetes de las ventanas... Aquella alfombra de colores desgastados crecía con el paso de los días, ya no se podían ver los libros con tanta enredadera, eso sí, ahora se podía caminar descalzo gracias al cesped artificial. Volvió a mirar y pensó en la utilidad de aquella floresta inerte, estornudó. Era un regalo. Un guiño cuidado de su madre hacia él. El legado debería expandirse más allá del descansillo del portal. Le gustaría recuperar la vida de las pilistras de plástico.Toda esta floristería propia de los años 80 debería tener un sentido funcional 20 años más tarde. Lo tenían difícil competir con las flores luminosas e higiénicas de los salvapantallas del siglo XXI. Abrió un libro y encontró lo...

En la coqueta

A mí siempre me ha gustado la ropa por el suelo: paisajes alocados, sugerentes que aún hoy, me siguen encendiendo. Así cuando Miguel me convenció para subir a tomar una copa en su pisazo de Chamberí, me resistí algo, porque aunque a veces soltábamos las mismas frases, en otros momentos pensábamos radicalmente distinto. Eso fue lo que ocurrió, cuando descalza anduve por el pasillo de tarima para descubrir su estancia sepulcralmente definida. La luz de las farolas apenas entraba por el estor y se podía apreciar ese silencio propio del jardín japonés. Una vez que tomé la decisión de quitarme los zapatos, estaba dispuesta a desnudarle y lanzar su camisa, su cinturón, sus calcetines por los aires y, que el azar hiciera el resto. Ese orden cósmico que todo lo dispone en su justo lugar me volvía loca. Llegamos a un punto de fricción, o varios. Mientras jugaba con sus cordones, él rodaba por el suelo para colocar la camisa. Entonces, con un zapato en la mano me alcé como una diosa cabalgand...

En el fondo del mar de la ciudad

En el fondo del mar de la ciudad están brillantes y sin embargo, pasan inadvertidos. Los transeúntes no los echan de menos, éstos oscilan con sus piernitas veloces y miran las agujas del reloj. Es probable que los niños no reparen en ellos, ni entiendan su utilidad. Podría ser ... ¿un cubo exclusivo para envases laminados de jamón? Tropiezo con una cabina y desprecio su incursión en la acera. ¿Qué utilidad tienen con tanto móvil urbano? Miro mis pies y vuelvo a darme cuenta de que me he olvidado, ¿cómo era el fondo del mar de mi ciudad? ¿Qué recuerdo de aquellas esponjas amarillas que tragaban deseos, facturas y contratos de la luz? Mi cabeza intenta reorientarse , ¿Dónde estaban? ¿Alguna vez los vi? Con el sobre en la mano paseo sin rumbo, me encuentro con cientos de cubiletes amarillos. Me digo: son meros contenedores de envases ¿Dónde estarán los buzones de correos con su nariz amarilla dispuesta a absorber todo papel que se acerque? Recupero fotografías de mi pasado. Sí, aquí e...

La Maga

Hay días en los que me levanto con esencias de la Maga, aunque no recorro París ni sus puentes, Madrid se extiende como geografía por la que discurro a la deriva, sucesión de encuentros fortuitos se tropiezan sucesivamente en mi camino; hijas de vecinas de mi abuela, amigos de mi padre, la prima de mi madre a quien visitábamos durante la infancia y hace 25 años que no se hablan. A mi amiga actriz elegantísima con sus eternos turbantes, a mi entrañable amigo con quien contaba cuentos y volábamos al alimón con el público, a Orima y mi paraguas rojo que dejé olvidados en un Café, a la tarta de zanahoria que siempre me espera frente al Real Cinema, al Entredós que es puro encuentro, a la salida del Banco de España... ... ... Derivas ... .. ... Madrid, un pueblo. Pasillos de tiempo cruzan entre Arenal, Sol, Alcalá, el metro y la Plaza Mayor. De Santo Domingo a Lavapiés soy la Maga. Salgo descalza y encuentro miradas, tomamos café o vino o cerveza con limón y patatas bravas. Las tapas, n...