jueves, 17 de abril de 2014

La botella y el diván




Me comunicaron que el siguiente paciente ya estaba en la sala, le dije al recepcionista que le pasara mientras yo iba al baño. Cuando llegué estaba ella sola sobre el diván, tenía un aspecto verde oscuro que me hizo frotarme los ojos, consulté con mi agenda y no conseguía leer bien lo que estaba allí escrito, sólo descifré con claridad Griñón, recordé que es una zona de vinos de la región con cierto prestigio y saqué toda la profesionalidad de la que dispongo y procedí con el cuestionario de rutina por ver si conseguía dar sentido a mi dolor de cabeza.

Y dígame, ¿cuál es la razón por la que ha venido a consulta? -no sin antes olisquear por detrás de las cortinas por si alguien me estaba gastando una broma pesada-. No había rastro de cámaras ocultas ni grabadoras, tampoco vi a nadie, solo estaba ella, verde oscuro, con una etiqueta que decía Griñón, reserva de 2007. ¿Sería algún regalo de alguna paciente agradecida? -me preguntaba.

- Ya no soy importante, - escuché.
- Y, ¿por qué piensa que ya no es importante?- repuse de forma automática.

- Todos se van y me dejan sola, y allí me quedo huérfana sin labios que me besen, sin ojos que admiren mi color aterciopelado bajo el cristal, no siento que a nadie le importe mi aroma. Me siento abandonada doctora. ¿Qué puedo hacer?

- ¿Cuál es el motivo por el cual piensa que la rechazan?

- No lo sé muy bien, es que no llegan ni a los postres, todavía no ha llegado el primer plato, que es uno de mis grandes momentos, cuando resbalo por la copa grande de cristal fresco, y van y me dejan, se van. Pierdo todos mis encantos de la manera más triste, la flor de la vida sola, esperando. Me dan ganas de llorar pero me digo no, no llores que te aguarás y perderás taninos, entonces me entra una ira descomunal y me digo pues eso, que me avinagro, que estoy harta, que no me merecen doctora, no me merecen, me dejan tan sola.

- ¿Qué piensa que puede hacer para cambiar la situación?
- No sé, darme a la bebida. Claro que beber cocacola sería un suicidio, y yo tampoco quiero eso. Quiero sentirme plena, admirada, valorada, ¿sabe de lo que le hablo doctora?

- Sí, no se preocupe, le pasa a muchas mujeres no es la única, continúe. ¿Qué podría cambiar para mejorar su situación?

- No sé, es que estoy perdiendo protagonismo, me siento como la primogénita que tiene hermanos gemelos de repente y entonces, ya una no es nadie. ¿Qué puedo hacer?

- Para que funcione, tiene que ser usted quien determine la solución, nadie mejor que usted para saber cuál es la mejor actitud. Lo que es bueno para mí, no tiene por qué ser bueno para usted, ¿por que no le gustaría que yo decidiera qué coche tiene que comprar, verdad?

- No claro, ya soy mayorcita como para saber que un coche con dos puertas se me queda pequeño.

- Pues eso, que su vida nadie mejor que usted para decidir si hay que girar a la derecha o a la izquierda. La responsabilidad es un grado de madurez.

- Si yo ya pasé esas pruebas doctora. Y mire que redujeron hasta 0.28 creo y no hubo ningún problema, incluso me bebían con más placer, en pequeños sorbitos, yo le diría que a mí esa ley me hizo sentir bien, más porque yo lo valgo, ¿me entiende?

- Disculpe, cierre los ojos y relajese, respire lentamente y sienta el comfort del diván, yo voy a salir un momentito a fumar y ahora en seguida retomamos la terapia.

- Lo veeeeeeee, todos me abandonan, maldita ley.


Relato escrito en 2011.

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