martes, 3 de diciembre de 2013

La quietud a nado

Tanta quietud me asombra (Pelayo Martín dixit)
 
Nadar de espaldas frente a la realidad y mirar al techo: observar flotando cómo va y viene lo que nos atabala; discurrir por idéntico pasillo; un largo, otro más; brazada a brazada. Nadar por debajo del agua para no oír lo que nos dicen. Las avestruces, si pudieran, bucearían. Mientras inspirar, espirar, gorjear dentro del agua con la ilusión de alcanzar de nuevo la orilla y sumar metros. Kilómetros a nado, deseamos no pensar.

Nadar de espaldas con elegancia y frente a la adversidad. Batir el agua por no partir ninguna cara, por no vaciar ningún bolsillo repleto. El movimiento como cloaca que se traga la ira, alcantarilla de injusticias, en espiral y hacia abajo, cae el barro, tanto chapapote vertido. Nadar necesariamente en agua clorada para olvidarnos del cieno, de lo tenebroso y la incertidumbre. Nadar para adelante para no llegar a ningún lado fuera del mapa. Nadar por nadar, nadar por olvidar, para calmar el desasosiego.

Para que el agua borre los depósitos de calcio y las envidias. Para que la emoción se disuelva en el feto. Para que la vida no se olvide de sí misma. Para que este país, suma de pueblos, retome lo que fue en ese breve espacio, en ese colorido tiempo, y sea, y supere la asfixia. Nadar a brazo partido para entrenar a la República y que vuelva a nacer.

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