jueves, 26 de marzo de 2015

Hoy ya es casi mañana

En el día de mañana
escribir desde las branquias será fácil.
Beber del barro, comer el jugo del plástico
será fácil.

En el día de mañana lo difícil será
que la luz nazca de los almendros en flor
que los niños jueguen juntos en la calle
que los libros se lean con calma
que no sean pasta de papel
será difícil, muy difícil.

En el día de mañana
la incertidumbre estará garantizada
la pobreza será una taza de café vacía
cada mañana. Un plato de cocido sin garbanzos,
unas lentejas sin olla, solo piedras.
Y muchas bocas, tantas bocas
cada mañana.

Vendrán 
los mosquitos, las cucarachas,
la medicina seguirá portando dolor.
Vendrán días de lágrimas sin abrazos
el calor será un recuerdo.

Anoche el candil me mostró el mundo
hoy solo queda romper la cuerda
para que el sinsentido muera desolado
en el día de mañana.


martes, 24 de marzo de 2015

Nunca cantan las hormigas dentro o fuera del hormiguero



Esas malditas hormigas negras decididas a saquear la marmita.
Estas malditas hormigas que sin pausa fagocitan el sol
y esconden sus tesoros en hilera.

Estas diminutas malditas hormigas tan negras, tan hacendosas,
tan ora et labora,
tan monotemáticas, tan ahorradoras
para el robo sistemático de migajas y botines.
Tan hormigas.

Duermen de noche y patita a patita
caminan a por su comidita
y patita a patita se llevan todo
a su casita.

Tan malditas. Algún día
las cigarras demostrarán que todo ha sido
mala prensa.

jueves, 19 de marzo de 2015

En el día del padre, y del espíritu santo

Yo no sé lo que es tener un padre de 60 años. Pero sí he sido afortunada y he sufrido junto a él cuando cumplió los 33. Una gitana le dijo que moriría joven y su tormento era mi angustia infantil: a los 33 murió Jesucristo, ¿seré yo igual que él? glups!! Cuántas noches rezando para que no se muriera. Es probable que mis lágrimas le sostuvieran alegre y feliz hasta los 52, gracias a no sé qué circuito invisible por el cual los hijos redimimos a nuestros padres y madres. Fue un hombre muy querido por todos, tanto que cuando llegamos al cementerio pensé que había una inoportuna y extraña manifestación en la puerta, tanto que hubo que pedir un coche extra para que le pudieran llevar todas las flores, tanto que mi abuela, su madre, Doña Max, decidió ir tras él. Su eternidad perdura por encima y por delante de los 15 años que llevamos de su ausencia.

Tenía carisma mi viejo, aunque se fue joven. Tenía un don especial, transformaba la tristeza en una broma surrealista y disparatada, nos hacía reír siempre. Dominaba el arte fronterizo de cruzar la ficción y la realidad como nadie: solo comíamos colifor rebozada, (puajj) porque nos aseguraba a mi hermano y a mí, que era tiburón, y claro, si aquello era tiburón cómo no íbamos a probarlo. Las patatas a lo pobre eran patatas al pelotón, (y nos teníamos que poner los tres muy juntitos detrás de mi madre, en pelotón, para suplicar que nos diera un adelanto de patatas al pelotón antes de que llegaran a la mesa), y las alcachofas a la plancha eran alcachofas plunch, (solo si eran plunch me las comía, ¿de verdad que son plunch? Sí, claro, son las auténticas plunch). Jajaja. Tardé muchos años en darme cuenta de que en Robledo de Chavela los cazamoscas gigantes, no eran cazamoscas como nos decía mi padre cuando íbamos a ver al tío Costa, a su chalet de Valdemorillo, sino antenas de la NASA que se comunican con el espacio. Aún así, a mí me sigue gustando llamarlos cazamoscas.


Con el tiempo acepto que la materia no es del todo tan importante, porque sé que tengo y no tengo un padre de 68 años, ó de 52 constantes, tan cierto como que todos los días desayuno avena para dar fuerza a la mañana. Debo confesar que estas dos certezas me hacen ser resilente y feliz.

viernes, 13 de marzo de 2015

Writing in a fridge

Entré en la nevera
buscando un poco de leche
y me quedé a vivir.


Hace frío entre las acelgas
y ese adentro que soy yo misma.
En la bandeja de arriba
se me queda seca la garganta.

Miro los huevos caducados
en lo alto de la puerta
no estoy segura
en este frigorífico siempre hace tanto frío.

Mis versos estalactita
congelan el latido y el horizonte,
¿cuál es el horizonte dentro
del cajón de las verduras?

Aquí no hay piedras
para medir el peso de la duda
y la fuerza inexacta de la gravedad
de un poema.

Tal vez haga frío,
aquí adentro
dentro de mis costillas,
junto a la fiambrera
del queso en lonchas sin lactosa.

El brócoli de mi coño
amarillea en marzo 
como una mimosa.

Y la duda
es luz
¿Quién abrirá la puerta?
Callad al motor nevera
que me dicta
ad infinitum
que habito en el país equivocado.



Marzo, 2015.


Imagen Antonio López. 1966. Nevera de hielo.