domingo, 26 de diciembre de 2010

Benthe en navidad

Fotografía de Minako Tasaki
http://www.flickr.com/photos/minako375/


Tengo dos ojos uno alegre y otro triste, daltónica en sentimientos, con la alegría de vivir y la tristeza de las corrientes que se lo llevan todo: todo, menos la nube negra de un cromosoma partido.


Juego en la bañera de agua caliente, espuma y vapor. Dibujo absorta xx, xy, trazos grandes y pequeños, borro su geografía precisa del vaho de la ventana, sumerjo mis pies grandes, mis manos hábiles bajo la espuma. Me falta el aire, Benthe de algodón y sueño. Desearía meterme en una lavadora, tú y yo y nacer de nuevo. Tengo un ojo triste y el otro alegre, daltónica en el amor, cocinera frustada en la creación. Busco el hilo que te recuerde el reloj, la frontera, la salida. Palpo la palabra, beso el bocado que te despierte del sueño de algodón, y que provoque a tu piel de mantequilla a estirar y encoger la sábana que te cobija.

Remuevo la espuma, recuerdo las velas del templo, la luz de la fe que me devolvió Buda. No encuentro las fuerzas para alcanzar la toalla, resbalan por mi piel apagada las mondas de naranja, piso con intensidad la canela en rama. ¿Me puedes alcanzar el movimiento, la lectura, el sonido para refregar a mi bebé con palabras, con música y vida viva? Quiero abandonar esta vida sueño, de algodón y nube. Mi dulce Benthe, cromosoma pálido que nos dormiste la vida.

jueves, 23 de diciembre de 2010

No había ningún radiador en la casa


Ahora que se acerca la navidad me apetece compartir este relato de invierno, que algunos ya conocéreis. Feliz navidad, feliz calor en casa, porque en invierno también se ama.


Desde Madrid presento: No había ningún radiador en la casa.

Recibió un sobre con las llaves de la casa, acababa de entrar el invierno y había nevado. Decidió prescindir de equipaje e inaugurar su nuevo hogar. Cuando llegó, observó estremecida que no había ningún radiador en la casa. Fue al coche y trajo una manta de viaje. Sobre el colchón frío de la habitación glaciar le pesaba su decisión impulsiva. En su afán por vencer a las bajas temperaturas se puso las manoplas de calcetines y éstos de guantes con el fin de favorecer la circulación de la sangre. No dio resultado.

Abandonó la habitación iglú y se fue al salón nevera. Miraba la chimenea vacía, sin troncos, sin fuego. Cual indio arapahoe, decidió ponerse a saltar en círculo en torno a la mesa desnuda; sin flores, sin cena. El movimiento le hacía sentir mejor; empezó a cantar a Wakan Tanka y recordó el baile al sol. Las vibraciones corporales le devolvieron el contacto con la madre Tierra, que aunque nevada, algo de calor transmitía. ¿O tal vez la flama procedía de su propia energía y su deseo por acercarse al sol de agosto? Las neuronas se congelaban por minutos y tenía que salvarse cómo fuera haciendo uso de su ingenio.

La placa de la cocina seguía siendo fría y hostil. Buscó el calor del horno. Cuando apenas había metido la cabeza en un intento de conseguir atemperar las estalactitas de sus orejas y de paso alisar su pelo, de repente, se sintió sorprendida, congelada. Se revolvió sobre sí misma dentro de la parrilla, sobrecogida. Escuchó cómo abrían la puerta de entrada, una luz de linterna le cegó. Al rato las sirenas dejaron de sonar. Levantó las manos, cómo había visto hacer en las películas, y sólo dijo: !no había ningún radiador en la casa!!

domingo, 19 de diciembre de 2010

Burro de Barro


Platero es pequeño, como si fuera de algodón y sus ojos de azabache parecen verlo todo.


Tus manos de alfarera se hunden en el barro. Del torno surgen mil botijos que contendrán agua siempre fresca. De tus manos, en la siesta, surgirá el burro de barro, el capricho. Moldeas con precisión su cabeza, sus orejas. Tu sabiduría artesana te permite triunfar con esas patas de aspecto fuerte y fragilidad de barro. Agua, manos, burro. Cambiaría mil Barbies por tener entre mis manos tan sólo uno de tus burros. Como los sombreros de Úrculo, como sus maletas y sus viajeros, tus barros de animal son marcas de autora.

Yo ya no sé montar en burro. En los pueblos vivían. Recuerdo en burro a un tío que nunca llegué a conocer, nunca llegué a hablar con él, porque el tío Federico siempre se iba en burro al campo, había tanto por hacer. En los pueblos, ¿viven ya los burros?, ¿cómo era esa expresión ... vaca-burra, no? No sé ni cuándo, cómo o por qué se emplea, pero me suena, y no muy bien por cierto. Desconozco si para conocer a un burro de verdad hay que ir a un pueblo, a la Huelva de Platero o a Cataluña.


No sé de dónde sacarlo, dónde encontrarlo, pero quiero un burro de barro que surja de tus manos, con su crin horadada, con sus orejas altas, con sus dientes al viento. Quién te conozca que te compre, diente por diente, burro por burro. ¿Dónde están los comics de ZipiyZape, con sus orejas de burro y sus ceros políticamente incorrectos?

Si eres burro, mándame un mensaje, te espero en la cabeza de asno. Recuerda: burradas las justas, no seas borrico. Si eres de barro burro tendrás un lugar entre mis manos, en mi memoria, corazón con corazón, burro olvidado.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Leyendas urbanas

Alguien me dijo que iban a empezar a desmantelar todas las cabinas urbanas por obsoletas, me consta que la compañía telefónica ha intentado mantenerlas como mobiliario urbano y fuente de ingresos, pero la falta de monetario es el martirio de todo gestor idealista. Ahora no sé si realmente hay cabinas o no en nuestras aceras, prestaré más atención en mis salidas nocturnas. ¿Qué será de Londres sin sus red boxes?

Haciendo repaso del tiempo y de mi blog, en la época de las uvas y las serpentinas, quiero rescatar una entrada que empieza a ser ya histórica de mi urbangarten, en el sentido de que probablemente este año y el que viene la escribiría diferente, con ustedes: en el fondo del mar, la ciudad.


En el fondo del mar de la ciudad están brillantes y sin embargo, pasan inadvertidos. Los transeúntes no los echan de menos, éstos oscilan con sus piernitas
veloces y miran las agujas del reloj.
Es probable que los niños no reparen en ellos, ni entiendan su utilidad. Podría ser ... ¿un cubo exclusivo para envases laminados de jamón?

Tropiezo con una cabina y desprecio su incursión en la acera. ¿Qué utilidad tienen con tanto móvil urbano? Miro mis pies y vuelvo a darme cuenta de que me he olvidado, ¿cómo era el fondo del mar de mi ciudad? ¿Qué recuerdo de aquellas esponjas amarillas que tragaban deseos, facturas y contratos de la luz? Mi cabeza intenta reorientarse, ¿dónde estaban? ¿Alguna vez los vi?

Con el sobre en la mano paseo sin rumbo, me encuentro con cientos de cubiletes
amarillos. Me digo: son meros contenedores de envases ¿Dónde estarán los buzones de correos con su nariz amarilla dispuesta a absorber todo papel que se acerque?

Recupero fotografías de mi pasado. Sí, aquí en España son amarillos, en Inglaterra rojos y en Holanda parecen volar, los niños no alcanzan solos a la ranura, están sujetos por unos postes y en lo alto, reciben los sobres cerrados.

Retrocedo sobre mis pasos, miro la carta, decido meterla en la mochila. En realidad no los reconozco entre tanto cubo para envases, ¿se los habrá llevado la marea? Camino confiada de vuelta a casa. Mañana me fijaré mejor y acertaré a encontrar un buzón de correos en el fondo del mar de la ciudad. Seguro que es cuestión de observación.

viernes, 10 de diciembre de 2010

A Christmas gift


Fotografía de Minako Tasaki


He visto rodar a mi corazón como una rueda
¿será de madera este corazón mío?

Cantos redondos y medievales
de madera de carro,
avanza mi corazón.

Tropiezo barro y piedras.
En una intuición de otoño,
rueda mi latido.

Este carro no me tira para adelante
sino que baja desbocado
de madera rueca
cantos redondos, ancestrales.

Las sandalias y el barro frenan
la inercia hacia el fondo frío.

He visto rodar a mi corazón como una rueda
¿será de madera este rubí mío?

sábado, 4 de diciembre de 2010

Llegada



Vengo de los mares del sur, zarandeada por las corrientes de Tarifa, desbordada por el azote de poniente. Traigo las sogas del vendaval, el hilo fino de la resaca y la brisa. Por encima de todo, vengo.

Llego destruida. Sobre mis mejillas la arena mojada, fría. Por mis andrajos adivinarás que antes conocí la dicha, pasión enmarañada que desemboca en desconsuelo. Llego molida por el viento y sé que merezco un leve descanso.

Siento el lado cóncavo de la playa que me sostiene. El rugir de la tempestad sobrevenida. Grandes troncos de madera salada me hacen compañía. ¿Dije fría? estoy viva, eso es lo que importa.

De la levedad al levantarse, ¿cuántos son los pasos?, ¿dónde están las fuerzas?, ¿cuáles son mis anclas?, ¿en qué cajón guardé mis velas?

Levantarse Pina, levantarse.
Levantarme en 8 tiempos, en 6, en 4, en 2, en 1.
Alzarse sobre una misma como proceso.

Vengo de los mares del sur, rastreada por las corrientes de Tarifa, desbordada por el azote de poniente. Traigo las sogas de la ventisca, el hilo fino de la resaca y la brisa. Por encima de todo, vengo. Me levanto, me sostengo.