lunes, 28 de diciembre de 2009

No había ningún radiador en la casa



Recibió un sobre con las llaves de la casa, acababa de entrar el invierno y había nevado. Decidió prescindir de equipaje e inaugurar su nuevo hogar. Cuando llegó, observó estremecida que no había ningún radiador en la casa. Fue al coche y trajo una manta de viaje. Sobre el colchón frío de la habitación glaciar le pesaba su decisión impulsiva. En su afán por vencer a las bajas temperaturas se puso las manoplas de calcetines y éstos de guantes con el fin de favorecer la circulación de la sangre. No dio resultado.

Abandonó la habitación iglú y se fue al salón nevera. Miraba la chimenea vacía, sin troncos, sin fuego. Cual indio arapahoe, decidió ponerse a saltar en círculo en torno a la mesa desnuda; sin flores, sin cena. El movimiento le hacía sentir mejor; empezó a cantar a Wakan Tanka y recordó el baile al sol. Las vibraciones corporales le devolvieron el contacto con la madre Tierra, que aunque nevada, algo de calor transmitía. ¿O tal vez la flama procedía de su propia energía y su deseo por acercarse al sol de agosto? Las neuronas se congelaban por minutos y tenía que salvarse cómo fuera haciendo uso de su ingenio.

La plaqueta de la cocina seguía siendo fría y hostil. Buscó el calor del horno. Cuando apenas había metido la cabeza en un intento de conseguir atemperar las estalactitas de sus orejas y de paso alisar su pelo, de repente, se sintió sorprendida, congelada. Se revolvió sobre sí misma dentro de la parrilla, sobrecogida. Escuchó cómo abrían la puerta de entrada, una luz de linterna le cegó. Al rato las sirenas dejaron de sonar. Levantó las manos, cómo había visto hacer en las películas, y sólo dijo: !no había ningún radiador en la casa!!

sábado, 19 de diciembre de 2009

Hace falta estar ciego

Homenaje a Rafael Alberti y

a los políticos que cobran por gobernar al mundo.


El horizonte se cierra

para los ojos que no quieren ver

hace falta estar ciego.


Si otros ojos te descorren

el velo que te oculta

y tus párpados se cierran

hace falta estar ciego.


Si tu orgullo bloquea tus oídos

si tu olfato ya no es tu timón

hace falta estar ciego.


Si la luz del camino viene y te envuelve

y no quieres percibir las sombras

hace falta estar ciego.


Nada es perenne y quizá sea

la oscuridad quien devuelva

luz a la luz, vida a la vida.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El espejo mordido

De tanto mirarme en los escaparates y no encontrarme decidí no volver a ir de compras. Un pequeño e incesante susurro me perseguía: Escapa y rápate, aquí la ropa es menguante.


Por las noches peinaba mi pelo abatido y volvía a escuchar aquella voz; me miraba en el espejo del baño y no me reconocía. Anduve por las calles con el paso largo y de frente, debo confesar que evitaba todo tipo de reflejos espantada. Me pedían fotos y enviaba cualquier recortable que adjuntar. Antes de acostarme me echaba crema y al no reconocerme las muecas huía hacia la almohada y me enterraba en el edredón.


Una mañana encontré la máscara; el rodillo del polvo compacto, el collar de perlas, la camisa blanca y el polo azul marino. Recogí con guantes de látex todos aquellos artificios; las planchas del pelo, las mascarillas y las cremas de noche. En una gran bolsa de basura, metí todos los contratos con empresas anteriores, descuarticé el dni y me reservé un pasaporte a punto de caducar. Antes de cerrar la puerta, resolví que era fundamental recuperar también los zapatos de tacón y el abrigo ejecutivo; todo bien acomodado en una bolsa de basura perfumada. Revolví, revolví y revolví, como las brujas dan vueltas a su poción, fui abriendo todos los cajones, saqué todos los fulares de la chistera del mago, maté a todas las palomas, rompí todas las cartas. Dejé la casa limpia de rasgos extraños, ya no había propiedades; ni tuyos, ni suyos, ni míos. Rompí todos los espejos. Me mordí un brazo y me solté el pelo.


Desposeída de todo lo irreconocible busqué el contenedor más alejado de la ciudad y tiré gran parte del contenido envuelto en plástico. Sin embargo, al ver los zapatos de tacón decidí quedármelos para darles otro destino distinto al triturador. Corrí con la bici como nunca antes, hacía frío y empezaba a oscurecer, me di cuenta de que no había llegado ni a comer; no importaba, estaba alimentando otras hambres, ocultas en una cara de cartón pluma del Body Shop. Me fui a una parte oscura del río, bajo la luz amarillenta de una farola desportillada, miré de nuevo aquellos zapatos de oficina y bolso a juego, esos taconcitos imposibles que guardaba junto al archivo para cuando llegaban las visitas. Con gran agitación lancé uno al agua; al principio flotaba, tiré una piedra para que el agua venciera la punta y naufragara hacia lo más profundo de la profundidad sucia del río urbano, vista la lentitud del espectáculo, tiré el siguiente taconazo con una gran piedra dentro. Una vez desaparecieron en el agua oscura los bolsos repletos de carmín busqué un sitio apropiado para aparcar la bici, metí las llaves del candado en el buzón de un nombre que decía que su dueña vivía sola, y salí escopetada en un taxi hacia el aeropuerto, sin maleta.


Me lavé la cara varias veces con un jabón en crema que prometía más limpieza por su olor que por su textura, al rato, recordé que en los aseos de los aeropuertos no suelen tener jabón de glicerina, precisamente. Me enfrenté a mi enemigo número 1: el espejo. Finalmente, éste me ofreció un resultado que me convencía. Junto a mi cara estaba la sonrisa una señora de aspecto alemán, rubia y con gafas pequeñitas. Acabó pausadamente de pintarse los labios rojo Paloma Picasso y me preguntó si me esperaba alguien en Brisbane, la imagen del espejo recobró mi sonrisa del 2003 fresca y austera, sin máscara, sin preámbulos, ni pasados o futuros. Así fue cómo el espejo mordido contestó en alemán que el encuentro ya había tenido lugar.


domingo, 6 de diciembre de 2009

Las cenizas de Max, mi abuela



Por las noches mirábamos el fuego, mi abuela y yo. Nos fascinaba la danza de las llamas. Para mí el mayor regalo era bucear en la chimenea oscura, y alcanzar el brillo de las estrellas en lo alto, que sin duda, me miraban a mí, dispuestas a proteger nuestros sueños para el futuro. Mi abuela no me dejaba acercarme tanto al fuego como yo quisiera, obstinada en alcanzar la complicidad con las estrellas. Así que después de horas de dar la espalda a la televisión y seguir el vals de los sarmientos crepitantes, pesarosa me iba a dormir, no sin que antes me hiciera una trenza y jugásemos al calor entre las mantas, junto con mi hermano; todos en la misma cama grande de sábanas húmedas bajo una noche estrellada, sin nubes y con los silbidos del viento que azotaban a las persianas.

A la mañana siguiente, limpiábamos juntos la chimenea y echábamos las cenizas en un cubo de zinc, entre mi hermano y yo sacábamos el cubo al porche para que mientras desayunábamos se fueran enfriando las ascuas de la noche anterior. Ya con la cara lavada, sin rastro de pavesas, con la bufanda y las botas de goma puestas, salíamos al huerto de detrás de la casa y devolvíamos los sueños y los recuerdos entreverados con nuestros cuidados y la escarcha de la mañana. Todo para favorecer el ciclo de la vida, y continuar la rutina de los días. En breve, había que preparar una lumbre nueva para cocinar el potaje con puchero.

Y así, con este ritual de la mañana, repartíamos todos los pedazos de corazoncitos infantiles magullados por los juegos en la calle, las proyecciones de futuro fantásticas, y los rescoldos del calor protector del corazón de nuestra abuela, todos juntos para que reposaran bajo la tierra en diciembre, el mes del frío y la navidad. Después del largo invierno resurgirían los campos y la siembra con colores intensos y renovados en el mes de las flores.
Todo gracias a las cenizas que protegen a los surcos de los bichiños perversos que lo devoran todo, decía mi abuela. Los recuerdos hay que devolverlos a la tierra para que sigan su curso y no se nos queden pegados al cuerpo, recordad, mis niños; los lamentos en casa enferman a las personas que la habitan.
Max si que sabía, éste es uno de los grandes legados de una mujer sabia que, aunque leía poco y escribía prestando toda la atención del mundo a su lista de la compra, poco nos habló de lo que aprendió en la escuela del crucifijo. Sin embargo, nos abrió las puertas a la fantasía, al amor incondicional, la escucha a la madre tierra y la alegría de estar vivos.

Echando para atrás las manecillas del tiempo, y volviendo a mirar el fuego, observo que Max conocía de primera mano, los misterios de la naturaleza, mil gracias sabia Max. Ahora en las ciudades ya no hay cubos de zinc, y las últimas higueras están siendo desterradas. Sin embargo, cada mes de diciembre, vuelvo al campo a depositar los recuerdos y los sueños, rosas rojas sobre tus cenizas, para que el ciclo de la vida continúe.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Un lugar para esta historia, la historia de ciertos lugares


Miró de nuevo todo el jardín de plástico heredado de su madre. Flores rojas, hojas verdes ...todo un sarpullido de polvo e ilusión de vida. Los geranios, claveles, gladiolos y siemprevivas recorrían los pasillos de la casa, las estanterías del baño, la cisterna, el fregadero de la cocina, los poyetes de las ventanas... Aquella alfombra de colores desgastados crecía con el paso de los días, ya no se podían ver los libros con tanta enredadera, eso sí, ahora se podía caminar descalzo gracias al cesped artificial. Volvió a mirar y pensó en la utilidad de aquella floresta inerte, estornudó. Era un regalo. Un guiño cuidado de su madre hacia él. El legado debería expandirse más allá del descansillo del portal. Le gustaría recuperar la vida de las pilistras de plástico.Toda esta floristería propia de los años 80 debería tener un sentido funcional 20 años más tarde. Lo tenían difícil competir con las flores luminosas e higiénicas de los salvapantallas del siglo XXI.

Abrió un libro y encontró lo que buscaba. Llamó a una amiga y juntos transformaron el coche verde jungla en tremenda y florida pompa fúnebre. En el camino los estornudos eran frecuentes, una buena señal para exorcizar todo lo retenido. Recorrieron curvas y cunetas, calcularon los lugares exactos y todas aquellas fosas comunes de nombres desdibujados por la desmemoria lucieron un tributo inesperado de enredaderas que no querían olvidar lo que allí aconteció. En todos esos lugares desvestidos y sin cruz crecieron bellas miosotis, florecillas azules conocidas con el nombre de MIOSOTIS, digo, no me olvides.