miércoles, 23 de septiembre de 2009

Bausch


Si soy

Nelken
,
urban
garten
Rot
es por ella.

I.- Nelken, Madrid 1999.

Claveles rojos abarrotan el escenario del Teatro Real, unos perros custodian el orden. Una mujer estilizada, con zapatos de aguja y acordeón, rompe con lo establecido. Oigo portazos de algún invitado que se indigna, ve insultos donde sólo hay expresión, arte. Sólo soy zapato, clavel, aullido. Tan zapato, tan clavel, tan sola, tan solo.

II.- Café Muller (1972) - RESAD 1998 -

Sus manos ternura, sus caídas desgarro.
Mis lágrimas, olas de agua salada.
Soy el espectador de Hable con ella; me desbordo.
Es la fuerza; levantarse de nuevo aún sabiendo de la caída.
Constancia perfecta, coreografía en bucle que nos concede la cima.
Café Müller de sillas ausentes, paredes frías y puerta giratoria.

Expectadora soy. De salitre y piedra actora. SOY.
Se te caen los brazos, no soportas la ausencia,
niegas la indolencia, te levantas, liebe Pina.




III.- Flashback. Creta 2009 - Wuppertal 2001.

Miro el mar entre curvas, seguimos bajando, seguimos subiendo, seguimos. Rodeando curvas, camino de cabras, el mar. En plena ondanada, vuelvo a ver a la Bausch; está en la puerta del Wuppertal danz-Theatre. Tiene frío, solo lleva un jersey oscuro de lana y unos pantalones estilizadísimos. Mira a la entrada cómo quien espera a un gran amigo (del que ya una no recuerda bien su cara), se inclina hacia adelante con intención de avanzar la llegada. Se abriga en sus propios brazos.

Observo su silencio activo, con los pies pegados en el suelo, su espalda oscila hacia adelante. La veo inquieta, expectante. Me siento tan, tan ínfima. Para confirmar que no me ve, doy un paso hacia atrás y me inclino con el torso para adelante. (Espejo inconsciente de imágenes). Quiero verla, mirarla de cerca, mis pies se anclan en el suelo mármol frío. No puedo moverme, mi cabeza se inclina más. Sus ojos avanzan hacia adelante, como una cuchara entra en un helado y resurge para subir a su destino: Pina espera.

Si tuviera una grabadora, me digo. Espera a unos amigos y está sola, pasando frío.

Veo el azul intenso del Egeo, entre subida y bajada, me acuerdo de la carta, la llamada de su secretaria, estábamos en una granja fuera de la ciudad, y corrimos. Corrimos tanto para llegar, para ver a Pina, para que me conociera, para compartir mis lágrimas nelken, muller...
Solo hubiese necesitado el susurro de Pedro, que andaba trajinando con el buffet, un simple Talk to her hubiera disipado la losa de ese gran ¿qué le puedo decir...? me siento tan ínfima a su lado.
Un walk to her, as a inner voice, hubiera resolvirado la certeza que me llegó 8 años más tarde en un coche en Creta, la isla del laberinto. (En ambas ocasiones Martina, my personal time guardian was near me. That´s weird). Soy un tentetieso.

El azul me deja una imagen de ojos secos, abiertos:
Oscila hacia adelante, los pies fijos, se abraza contra el frío. 8 metros atrás un hilo de frente tira de mí, los pies anclados por insignificantes, movimiento inmovilista....oscilo...: adelante-atrás, como olas en el mar. Poco a poco, soy piedra mármol. Con el tiempo y en vaivén, me distancio de la danza pura. Sin saber, observo cómo La Danza me espera.

Se abraza. Al final, me gana el frío.

martes, 15 de septiembre de 2009

The end of a bad nightmare


La aguja atravesó el miedo,
resurgió brillante.

Venus observa mis puntadas,
mientras,
acicala las piedras al borde del agua.
Firme olvido los ecos de urgencia,
ahora juego con el ovillo de lo importante.

Los estanques se hicieron ríos
contemplo el azul intenso
curva combada que diluye el horizonte.
Aquí el mar, la orilla, las gotas de sal
cubren mis manos mordidas.

Hoy en la línea escurridiza
donde las olas amasan la arena
he encontrado la hebra de azul profundo,
el camino ya, es puro bálsamo.
Me pongo en pie, miro, camino.
Sé que bailaré y la Bausch se vendrá conmigo.

El ojo de la ostra brilla en la distancia y dentro de mí.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

En la coqueta

A mí siempre me ha gustado la ropa por el suelo: paisajes alocados, sugerentes que aún hoy, me siguen encendiendo. Así cuando Miguel me convenció para subir a tomar una copa en su pisazo de Chamberí, me resistí algo, porque aunque a veces soltábamos las mismas frases, en otros momentos pensábamos radicalmente distinto. Eso fue lo que ocurrió, cuando descalza anduve por el pasillo de tarima para descubrir su estancia sepulcralmente definida. La luz de las farolas apenas entraba por el estor y se podía apreciar ese silencio propio del jardín japonés. Una vez que tomé la decisión de quitarme los zapatos, estaba dispuesta a desnudarle y lanzar su camisa, su cinturón, sus calcetines por los aires y, que el azar hiciera el resto. Ese orden cósmico que todo lo dispone en su justo lugar me volvía loca. Llegamos a un punto de fricción, o varios. Mientras jugaba con sus cordones, él rodaba por el suelo para colocar la camisa. Entonces, con un zapato en la mano me alcé como una diosa cabalgando por encima de sus caderas, le entregué su zapato impoluto y le dije: ¡tíralo! Debo decir que lo tiró, pero poco. La libido estaba alta y tampoco era plan de confrontar su jardín japonés con mi orden cósmico. Este fue el principio de lo que después fue mi convivencia con Miguel. Aún hoy tenemos problemas con la nevera. Sin embargo, por las noches él consiente en lanzar sus ropas, mientras yo me transformo en serpiente del orden y coloco muy despacito mis medias, mi wonder bra y mi braguitas en la coqueta.

sábado, 5 de septiembre de 2009

En el fondo del mar de la ciudad

En el fondo del mar de la ciudad están brillantes y sin embargo, pasan inadvertidos. Los transeúntes no los echan de menos, éstos oscilan con sus piernitas veloces y miran las agujas del reloj.

Es probable que los niños no reparen en ellos, ni entiendan su utilidad. Podría ser ... ¿un cubo exclusivo para envases laminados de jamón?

Tropiezo con una cabina y desprecio su incursión en la acera. ¿Qué utilidad tienen con tanto móvil urbano? Miro mis pies y vuelvo a darme cuenta de que me he olvidado, ¿cómo era el fondo del mar de mi ciudad? ¿Qué recuerdo de aquellas esponjas amarillas que tragaban deseos, facturas y contratos de la luz? Mi cabeza intenta reorientarse, ¿Dónde estaban? ¿Alguna vez los vi?

Con el sobre en la mano paseo sin rumbo, me encuentro con cientos de cubiletes amarillos. Me digo: son meros contenedores de envases ¿Dónde estarán los buzones de correos con su nariz amarilla dispuesta a absorber todo papel que se acerque?

Recupero fotografías de mi pasado. Sí, aquí en España son amarillos, en Inglaterra rojos y en Holanda parecen volar, los niños no alcanzan solos a la ranura, están sujetos por unos postes y en lo alto, reciben los sobres cerrados.

Retrocedo sobre mis pasos, miro la carta, decido meterla en la mochila. En realidad no los reconozco entre tanto cubo para envases, ¿se los habrá llevado la marea? Camino confiada de vuelta a casa. Mañana me fijaré mejor y acertaré a encontrar un buzón de correos en el fondo del mar de la ciudad. Seguro que es cuestión de observación.